La nuestra es una época de un cambio siempre creciente debido a una expansión siempre creciente del conocimiento. Operar a la altura de nuestra época es aplicar el mejor conocimiento disponible y las técnicas más eficientes para la acción coordinada de un grupo.

Tampoco basta con el conocimiento. Uno tiene que ser creativo. A la modernidad le faltan raíces. Sus valores carecen de equilibrio y de profundidad. Mucha de su ciencia es destructiva del hombre. Los católicos en el siglo XX enfrentan un problema semejante al que enfrentó Aquino en el siglo XIII. Entonces la cultura greco arábiga se estaba diseminando por Europa occidental y, si no había de destruir la Cristiandad, había de conocerse, asimilarse, transformarse. La moderna cultura el día de hoy, en muchas maneras más estupenda que cualquiera de las que han existido, está surgiendo alrededor de nosotros. También debe conocerse, asimilarse, transformarse. Ese es el asunto de hoy.

El captar el asunto contemporáneo y el responder a su reto exige, pues, un esfuerzo colectivo. No es el individuo sino el grupo quien transforma la cultura. El grupo lo hace así mediante su preocupación por la excelencia, mediante su capacidad de esperar y dejar que maduren los asuntos, mediante sus perseverantes esfuerzos por entender, mediante su discernimiento de lo que es a la vez simple y profundo, mediante su demanda de lo que es de primera clase y mediante su horror ante la mera destructividad.

Bernard Lonergan

Segunda Colección 1966-1972